Barranco de Gabarre
La iglesieta de Samper con un manto de musgo
Vista interior del ábside
Encaje de nave y cabecera
Credencia en uno de sus muros laterales (sur)
Vestigios del despoblado de Samper
Arribamos por una pista que parte desde San Juste y que posteriormente se transforma en sendero. Más tarde hay que abandonarlo para atravesar el barranco de Gabarre y, una vez cruzado, comenzar el ascenso "por donde Dios te de a entender". A partir de ese momento comienza la aventura. Es allí donde las cosas se empiezan a complicar realmente. Calculo que ahora, con coordenadas en mano, podríamos llegar a las ruinas de la iglesia en unas dos horas y media, quizá tres, ventaja de la que no gozamos en los dos primeros intentos fallidos ni tampoco en el tercero, que fue el día que acertamos con los restos del despoblado y de la iglesia.
La vegetación prieta, asfixiante, nos complicaba el acceso. En algunos momentos era desesperante, al igual que lo fue en las dos ocasiones anteriores. Estábamos en una zona muy poco pisada, algo desnortados y después de haber sufrido un percance medianamente serio en la brusca y empinada subida a la terraza donde más tarde localizaríamos el despoblado. Además, la mañana pasó volando sin rastro alguno de Samper y la cosa parecía complicarse.
A primera hora de la tarde, con algo se suerte y ya bastante cansados, localizamos el despoblado. Lo localizamos tarde, con pocas de luz por delante, lo cuál nos hacía estar intranquilos. Documentamos cuatro o cinco amontonamientos de piedras que parece que podrían corresponder con las edificaciones del despoblado. También localizamos algún fragmento de cerámica medieval -no gran cosa-, pero que nos servía para confirmar el poblamiento. El paraje: selvático y hermosísimo; viejos terrenos de cultivos yermos hace siglos colgados a más de 1300 metros de altitud. Cuesta creer que aquí pudo establecerse una pequeña comunidad. La hubo.
Poco después dimos con la iglesia, unos metros aislada. No pudimos perder mucho tiempo por la falta de luz y la larga distancia que nos separaba del coche, en una zona de apariencia virginal y con pocas fuerzas después de andar todo el día por terrenos poco cómodos y de pelear cuerpo a cuerpo con la maleza, que tanto desgasta.
La iglesia es la típica construcción que sigue pautas románicas, de nave única con cabecera semicircular canonicamente orientada. Sillarejos bien trabajados e hilvanados que aguantan indiferentes el paso del tiempo y el olvido. Sillarejos vestidos por una fina capa de musgo tejida con delicadeza durante mucho tiempo. El viejo templo mide 5 metros de ancho por unos 12 de largo, con un grosor mural de algo más de un metro. Sin duda son unas ruinas evocadoras. Localizarlas fue toda una explosión de alegría. Poder sentir en tu propias carnes el cautivador aroma de lo desconocido en el mejor lugar posible, alejados del mundo, con la vegetación por bandera y con las enormes copas de los árboles como único cielo. Inolvidable.